21 de noviembre de 2013
Confesionario del poeta: Muñeca
Ser la muñeca, es decir, ser el objeto del placer fugaz. Minimizarse a ser los segundos del juego, del grito fingido, de la derramada pasión. Sentir el asco rozando tu garganta, tragarse el miedo, escupir dolor. Llorar en las cuatro esquinas de la cama y esconderse (silenciosa) en los rincones del ayer. Contraer el virus, contagiarse y ser juguete poseído, juguete en posesión. El rechazo te cruje en la médula del hueso y en el pecho gimen los presagios del adiós. Te llaman muñeca -eres juego-, te llaman muñeca pero eres Mujer.
Yo también he sido juego, la muñeca, el des-amor. He vivido las horas del silencio y hasta he jugado conmigo -misma- ese juego de dos. Han usurpado mis adentros, me han dejado hueca y sin cuerdas como guitarra deshecha, como fe sin Dios. Después de todo –dicen- soy muñeca sin alma, solo cuerpo, sin vida ni patria, sin religión. Ser la muñeca del masoquismo y callar ante el libreto de los más atroces juegos de la carne y el dolor. Dejar que los años te atropellen, arrugarse bajo las sábanas del actuado afecto. Es saber que todos los niños [inevitable] crecen y que una noche cualquiera te dejan tirada en el suelo del adiós por que apareció en el mercado un juguete nuevo, otra muñeca que juega a las máscaras de amor.
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