Pequeña, frágil,
diminuta y soñadora,
cuenta cuentos
sin parar.
Parece ser débil
pero ha conquistado
almas al borde
de su sonrisa.
Ha parido musas
en su alcoba
y ha danzado sobre
los siete mares
las músicas
del Jordán.
Todo lo lleva
por dentro:
las palabras,
la tinta
y el papel.
También posee
un cincelador
de tiempos
para nunca
llegar tarde
a la vista del
amanecer.
Ella pinta
con sus labios
los bemoles
de su clarinete
para que no lloren
las partituras
en medio del
invierno.
Habla con sus manos,
pinta el mundo con
sus dedos
y arranca los días
grises de los
calendarios
con el gotero
de su corazón.
Ella calla,
guarda silencio,
todo lo observa
y medita
antes de reencarnarse
en otro mundo
y en otro yo.
Entonces
reaparece
vestida de
poema
para poseer
las almas
de los ojos
que se pasean
por su piel.
Ella es metáfora,
símil y moraleja,
ella es musa, sonido
y tambor.
Ella arde
sobre los
latidos
de mi pecho
y de vez en cuando
me atrevo a
llamarla
por su nombre:
yo.








