20 de noviembre de 2013

Ménage à






Era imposible dejar de mirarla. Sus caderas giraban como manecillas enloquecidas. Me hipnotizaba, me seducía. De sus poros brotaban todos los ritmos con los cuales bailaba como sirena desplazándose por la pista de baile, aunque en mi imaginario, bailaba solo para mí. Mi hombre se encadenaba a mi cintura como cadena perpetua. Su virilidad rozaba mis espaldas y sus manos en mi cuerpo fracasaban en el intento de encender mi ansiedad. La miraba a ella, a su sensualidad implacable, a sus pechos en primavera. En complicidad sus ojos y los míos se besaban, se mordían, tocaban el fondo desde el fondo nuestros cuerpos tan iguales. Bailaba. Se movía. Agonizaba del deseo, del fuego que la quemaba, del prohibido placer. Desapareció como espuma en medio de la gente. Y esa noche fui tan suya, pecho con pecho, cuerpo a cuerpo, mi piel y su piel. Penetrada por un hombre caí rendida ante los pliegues de mi cama, pensándola, tocándola a lo lejos, soñando con el placer de bailar como serpientes con nuestros cuerpos clandestinos, nuestros cuerpos de mujer. Él nunca sospechará que la imaginaba a ella y que amanecí bañada de la música en su piel. Tal vez él también la pensaba a ella y en este imaginario nos hicimos carne los tres. 

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