20 de noviembre de 2013
Destierro
Regalo mi tiempo, ese reloj de arena que marcaba cadencias entre mis caderas y su cintura. Renuncio a todo, a mis miradas seductoras, a los colores con que disfrazaba mis ojos, a las fotografías viejas, a mi piel. Lo dejo todo, en absoluto, la cajita de poemas marchitados por las horas, las cartas anónimas, las palabras de ayer y hasta me bajo de aquel carrusel tantas veces imaginado, que hacía brotar sonrisas entre mis lágrimas de hiel. Muero a todo como en testamento. Entrego mis letras no escritas a la gemela de mi alma, esperando que pueda imaginar mi voz a lo lejos, leyéndole en susurros cualesquiera de estas noches que están por venir. Lo dejo todo, sí, todo. Mi música escondida y las canciones que no canté, las dejo en manos de la mujer que nació de otro cuerpo pero que compartía conmigo la misma piel. Me desnudo. Dejo mis pechos sedientos secarse en plena primavera. Cierro las puertas de mi sexo. Niego mi propio ser. Entrego el número trece de cada mes en mi calendario, la muerte de mi madre y el triciclo rojo de mi niñez. Me despojo de todos y de todo, de mi número telefónico, mi diploma recargado y los cinco idiomas que aprendí. Empeño, sin pedir nada a cambio, mis pensamientos, todo mi conocimiento y la sabiduría de los abuelos que ya perdí. Arranco todo, y me destierro de este mundo, desprendiéndome hasta de mi nombre para quedarme sola -con la soledad-. E intercambiar todo esto por el último beso de esa boca tan conocida que hoy se hace en la distancia prohibida para mí.
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