21 de noviembre de 2013

Oda


Pequeña, frágil,
diminuta y soñadora,
cuenta cuentos
sin parar.
Parece ser débil
pero ha conquistado
almas al borde
de su sonrisa.
Ha parido musas
en su alcoba
y ha danzado sobre
los siete mares
las músicas
del Jordán.
Todo lo lleva
por dentro:
las palabras,
la tinta
y el papel.
También posee
un cincelador
de tiempos
para nunca
llegar tarde
a la vista del
amanecer.
Ella pinta
con sus labios
los bemoles
de su clarinete
para que no lloren
las partituras
en medio del
invierno.
Habla con sus manos,
pinta el mundo con
sus dedos
y arranca los días
grises de los
calendarios
con el gotero
de su corazón.
Ella calla,
guarda silencio,
todo lo observa
y medita
antes de reencarnarse
en otro mundo
y en otro yo.
Entonces
reaparece
vestida de
poema
para poseer
las almas
de los ojos
que se pasean
por su piel.
Ella es metáfora,
símil y moraleja,
ella es musa, sonido
y tambor.
Ella arde
sobre los
latidos
de mi pecho
y de vez en cuando
me atrevo a 
llamarla
por su nombre:
yo.

Ida


Vestiduras negras
y pálido semblante
has venido a buscarme
con tu marchito reloj.
Sutilmente desarropas
lo latente de mi cuerpo,
lo acaricias y trastocas
antes del lastimar.
Anotas en tu libro
los segundos del misterio
y procedes a la obra:
el póstumo final.
Y despierto
ante la imagen
de unos ojos
quasi muertos
-tiemblo-
ante el invierno
que arropa tu esplendor.
Te reconozco
debajo de la túnica implacable,
tu rostro etéreo
tu mirada triunfal.
Diminuta yo,
ante la hora de la muerte
me postro de rodillas
con solemne petición:
Tocar el manto enlutado
entrever por las rendijas
y mirar por vez primera
los vestigios
de Dios. 

Fénix



Metamorfe llama
de inagotable
luz etérea
que se fuga
de mi mundo.
No pertenece
a nadie
solo se amarra
a sí misma,
su indomable ser.
Inhala fuerza,
coraje y valentía,
exhala mundos,
universos, placer.
Mirar sus ojos
y temerle al pecado
condenable,
sentir su alma
sin que mi dedo
roce su piel.
Su ángel
acaricia mi ángel
y por vez  primera
Venus ha hechizado
mis pasillos del saber.
Y sé lo imposible
de esta posibilidad
poética
que solo en estas letras
somos equis,
equis, ye.

Confesionario del poeta: Muñeca


Ser la muñeca, es decir, ser el objeto del placer fugaz. Minimizarse a ser los segundos del juego, del grito fingido, de la derramada pasión. Sentir el asco rozando tu garganta, tragarse el miedo, escupir dolor. Llorar en las cuatro esquinas de la cama y esconderse (silenciosa) en los rincones del ayer. Contraer el virus, contagiarse y ser juguete poseído, juguete en posesión. El rechazo te cruje en la médula del hueso y en el pecho gimen los presagios del adiós. Te llaman muñeca -eres juego-, te llaman muñeca pero eres Mujer. 

Yo también he sido juego, la muñeca, el des-amor. He vivido las horas del silencio y hasta he jugado conmigo -misma- ese juego de dos. Han usurpado mis adentros, me han dejado hueca y sin cuerdas como guitarra deshecha, como fe sin Dios. Después de todo –dicen- soy muñeca sin alma, solo cuerpo, sin vida ni patria, sin religión. 
Ser la muñeca del masoquismo y callar ante el libreto de los más atroces juegos de la carne y el dolor. Dejar que los años te atropellen, arrugarse bajo las sábanas del actuado afecto. Es saber que todos los niños [inevitable] crecen y que una noche cualquiera te dejan tirada en el suelo del adiós por que apareció en el mercado un juguete nuevo, otra muñeca que juega a las máscaras de amor. 

20 de noviembre de 2013

Destierro

Regalo mi tiempo, ese reloj de arena que marcaba cadencias entre mis caderas y su cintura. Renuncio a todo, a mis miradas seductoras, a los colores con que disfrazaba mis ojos, a las fotografías viejas, a mi piel. Lo dejo todo, en absoluto, la cajita de poemas marchitados por las horas, las cartas anónimas, las palabras de ayer y hasta me bajo de aquel carrusel tantas veces imaginado, que hacía brotar sonrisas entre mis lágrimas de hiel. Muero a todo como en testamento. Entrego mis letras no escritas a la gemela de mi alma, esperando que pueda imaginar mi voz a lo lejos, leyéndole en susurros cualesquiera de estas noches que están por venir. Lo dejo todo, sí, todo. Mi música escondida y las canciones que no canté, las dejo en manos de la mujer que nació de otro cuerpo pero que compartía conmigo la misma piel. Me desnudo. Dejo mis pechos sedientos secarse en plena primavera. Cierro las puertas de mi sexo. Niego mi propio ser. Entrego el número trece de cada mes en mi calendario, la muerte de mi madre y el triciclo rojo de mi niñez. Me despojo de todos y de todo, de mi número telefónico, mi diploma recargado y los cinco idiomas que aprendí. Empeño, sin pedir nada a cambio, mis pensamientos, todo mi conocimiento y la sabiduría de los abuelos que ya perdí. Arranco todo, y me destierro de este mundo, desprendiéndome hasta de mi nombre para quedarme sola -con la soledad-. E intercambiar todo esto por el último beso de esa boca tan conocida que hoy se hace en la distancia prohibida para mí.

Ménage à






Era imposible dejar de mirarla. Sus caderas giraban como manecillas enloquecidas. Me hipnotizaba, me seducía. De sus poros brotaban todos los ritmos con los cuales bailaba como sirena desplazándose por la pista de baile, aunque en mi imaginario, bailaba solo para mí. Mi hombre se encadenaba a mi cintura como cadena perpetua. Su virilidad rozaba mis espaldas y sus manos en mi cuerpo fracasaban en el intento de encender mi ansiedad. La miraba a ella, a su sensualidad implacable, a sus pechos en primavera. En complicidad sus ojos y los míos se besaban, se mordían, tocaban el fondo desde el fondo nuestros cuerpos tan iguales. Bailaba. Se movía. Agonizaba del deseo, del fuego que la quemaba, del prohibido placer. Desapareció como espuma en medio de la gente. Y esa noche fui tan suya, pecho con pecho, cuerpo a cuerpo, mi piel y su piel. Penetrada por un hombre caí rendida ante los pliegues de mi cama, pensándola, tocándola a lo lejos, soñando con el placer de bailar como serpientes con nuestros cuerpos clandestinos, nuestros cuerpos de mujer. Él nunca sospechará que la imaginaba a ella y que amanecí bañada de la música en su piel. Tal vez él también la pensaba a ella y en este imaginario nos hicimos carne los tres. 

Adagio



Partitura rota por el tiempo 
copulando con las notas 
de mi fantasía, 
vistiendo de blanco 
semicorcheas, 
tatuándole fusas 
al alma mía. 
Penetran bemoles 
en mi pecho, 
me dejan sin aire 
las flautas 
de tu agonía 
y el estruendo 
de mil tambores 
en tu sexo, 
acaba con el otoño 
y la sequía. 
Tú, la coda interminable 
de mi carne 
yo el mezzo forte 
y tu elegía 
cuando morimos 
los dos 
-cuerpo a cuerpo- 
para convertir 
a octubre 
en melodías. 

XIX (Primer lugar certamen literario CUC 2009)



Un poema 
yace dormido 
entre mis manos. 
Síntesis 
de todas 
las metáforas 
copulando 
con mis dedos. 
Símil 
ardiente 
rasgando 
mi piel. 
Sinécdoque 
del cielo 
tatuada 
a mi cuerpo. 
Huellas 
digitales 
penetrando 
en mí. 
Encabalgamientos 
de tu cuerpo 
y mi sexo. 
Hiperbólicos 
tus labios 
escribiendo 
besos. 
Sinalefas 
armoniosas 
de tu grito 
y mi gemir. 
Despertar 
este verso. 
Conjugar 
todos los fuegos 
en mi fuego. 
Escribir 
tu nombre. 
Encontrar 
el aleph 
de mi 
universo. 
Romper 
tu métrica 
y tu eco. 
Ajustar 
tu rima 
a mis caderas. 
Y cerrar 
esta última 
estrofa 
con la alegoría 
de un trueno. 

Elegía (Segundo lugar Certamen Literario CUC 2009)



No se detuvo
el tiempo,
solo mis manecillas
del silencio. 
El mundo gira,
tiembla el suelo,
calla el Universo. 
Caminan 
las gentes,
no se fijan,
nada saben. 
-Son simples-
no lo notan. 
No extrañan
los acordes
sublimes
que han partido
en tu regazo
mientras yo
llevo a cuestas
mi maleta llena 
de bemoles tristes
en primavera
y arpegios
terribles
del otoño. 
Ya las letras
andan huecas
por la ausencia 
de ti. 
No hay poesía
en las plazas,
ni pinturas
en bellas artes.
Faltas tú. 
No lo saben.
Viven sus rutinas
y embalsamados
mis sueños
te lloran.
Otro día
cae
vencido
en mi calendario. 
Ya no será igual
el mundo
sin tu nombre,
lo ignoran 
las masas,
desconocen. 
Es que no 
les tiembla 
el pecho 
como a mí
en esta hora
dura
y solitaria 
cuando el sol
besa triste
olas frías 
al borde 
del horizonte. 
Cuando todos
se levantan
y corren 
su vida
y yo 
permanezco
arrodillada
sobre dolorosas
piedras
que flagelan 
las horas
que viví
junto a ti.

* A Daisy E. Morales,mi madre. El puro ejemplo del amor hecho carne.